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De vez en cuando me encuentro con cristianos solitarios. No me refiero a los creyentes que viven en zonas remotas, me refiero a hermanos en la fe que viven en comunidades grandes y pertenecen a alguna congregación numerosa. Lo que los convierte en cristianos solitarios es su actitud. Han construido muros para evitar que otras personas les “hagan daño” o que ellos mismos “dañen a otros”. Sin embargo, no es así como Dios quiere que vivamos.
El Señor nos creó para Él, para amarle, servirle y glorificarle, pero también nos creó para relacionarnos con los demás.
Si analizamos la realidad actual notaremos que nuestra sociedad hace que sea fácil alejarnos de los demás. En vez de una conversación sin prisa, en persona o por teléfono, preferimos enviar mensajes de texto o correos. Los medios electrónicos pueden permitirnos acumular muchos “amigos”, pero una verdadera amistad requiere una comunicación más profunda en la que escuchemos la voz de la otra persona y veamos sus expresiones. En vez de simplemente conocer información acerca de “nuestros contactos”, los verdaderos amigos saben lo que hay en el corazón de aquellos a quienes aman.
En sus últimas instrucciones antes de la crucifixión, Jesús nos dio un modelo en cuanto a la amistad:
“12 Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. 13 Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. 14 Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. 15 Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer.” (Juan 15:12-15)
La base para esta clase de relación se encuentra en el versículo 12. Para poder amar a los demás como Cristo nos amó, hay cuatro cualidades esenciales:
- Ser sensibles: En vez de estar preocupados por nosotros mismos, por nuestras circunstancias, debemos aprender a ser conscientes de las necesidades, las cargas y los sufrimientos de los demás. Muchas personas se sienten hoy como David, cuando escribió: “No hay quien me quiera conocer;” (Salmo 142:4) Todos queremos y necesitamos saber que alguien se preocupa por nosotros, y que es sensible a nuestra soledad y a nuestros problemas o situaciones. (Imagine no tener a nadie que le llame o no tener a quien llamar)
- Desarrollar el sentido de la mutua sujeción: Pablo nos dice: “Someteos unos a otros en el temor de Dios”. (Efesios 5:21) La verdadera amistad nunca se desarrolla si una persona domina a la otra. Debemos ser considerados con las preferencias, el temperamento y los puntos de vista de los demás, porque cada uno de nosotros ha sido creado de manera única por Dios. En vez de intentar cambiar a la otra persona o de controlar la relación, necesitamos amarnos y aceptarnos unos a otros, sin criticarnos o juzgarnos.
- Estar dispuesto al sacrificio: Jesús dijo: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.” (Juan 15:13) Este versículo ha sido mal interpretado muchas veces. Jesús no está hablando de morir físicamente por otra persona, sino de “sepultar” parte de nuestro tiempo, o los deseos y los planes que tengamos, para “sobrellevar las cargas de otros” (Gálatas 6:2) en sus tiempos de adversidad. La amistad no siempre es cómoda y apacible, a veces requiere la muerte de nuestro orgullo y de nuestra autocomplacencia.
- Saber compartir: Cristo llamó amigos a sus discípulos, diciendo: “… os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer.” (Juan 15:15) Jesús vivió con sus discípulos durante poco más de tres años, compartiendo con ellos su vida, sus pensamientos, sus enseñanzas y aún sus cargas. “38 Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo.” (Mateo 26:38) Esta es la clase de actitud abierta que se requiere para la verdadera amistad con otra persona. Tenemos que correr el riesgo de mostrarnos tal como somos en realidad.
Una de las ventajas de hacer esto, es el efecto que puede tener en nuestra relación personal con Dios. Al darnos a conocer tal como somos y al confiar a otros lo que creemos, sentimos, sufrimos, deseamos o necesitamos, nuestro yo quedará al descubierto, lo que permitirá que un hermano o hermana sabios pueda mostrarnos con mayor precisión cuál es nuestra verdadera relación con el Señor. (Es sano “darnos a conocer”)
CONCLUSIÓN
Los cristianos, a diferencia del resto de las personas del mundo, tenemos el potencial más grande para cultivar relaciones auténticas. Tenemos al Espíritu Santo. Él nos capacita para cultivar amistades que nos complementan, nos ayudan a crecer espiritualmente y a perfeccionarnos. Cuando nos relacionamos sinceramente con nuestros hermanos en la fe, nos convertimos en aliados, nos ayudamos mutuamente y nos edificamos unos a otros para llegar a ser cada vez más semejantes a Jesucristo.
Crear barreras para no darnos a conocer a fin de “protegernos de un posible daño”, puede mantener alejadas a las personas y también obstaculiza las bendiciones que Dios traerá a nuestra vida a través de las amistades que Él mismo elije para nosotros, porque Él sabe que nos hacen falta y nos hacen bien.
En vez de construir murallas para “sentirnos seguros”: ¿por qué no comenzar a ser más sensibles, humildes, sacrificados y extrovertidos y así cimentar amistades a las que podamos demostrarles el amor de Dios que vive en nuestro corazón, y que Su Santo Espíritu nos haga a nosotros y a nuestros amigos en la fe, cada vez más parecidos a Jesús?
“16 Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios.” (Hebreos 13:16)
Recuerde, Dios NO nos creo para ser cristianos solitarios, introvertidos ni independientes. Ese no es Su plan ni Su propósito.