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En casi todos los textos de la biblia en los que se encuentra la palabra “corazón” se hace referencia, no al músculo cardíaco, sino en un sentido más amplio y que aún ahora se usa para referirse a la parte central, más importante o más profunda, como cuando decimos “te amo con todo mi corazón o con todo mi ser”. En realidad, la palabra “corazón” significa más bien: el intelecto, la emociones, la voluntad y, por eso abarca en un sentido más amplio al alma, a todo nuestro ser.   (Génesis 2:7)

Mientras que la “mente” nos habla de inteligencia, capacidad para analizar, reflexionar, imaginar, comprender, razonar y entender.

Así que ambas cosas son invisibles e indescriptibles, mucho menos, de forma científica, porque son un don de Dios y sólo Él nos pudo haber equipado con el alma y la mente.

Estos dos elementos dados por Dios son de suma importancia para nuestra vida diaria y, sobre todo, para nuestra relación con nuestro Creador porque del alma o corazón emana la vida y de la mente depende nuestra relación con Dios:

Por tanto, guárdate, y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, ni se aparten de tu corazón todos los días de tu vida; antes bien, las enseñarás a tus hijos, y a los hijos de tus hijos.”   (Deuteronomio 4:9)

La instrucción de nuestro Señor es clara: guarda tu alma y tu corazón. Esto es: vigila, cuida, protege, mantén a salvo. El segundo pasaje dice así:

20 Hijo mío, está atento a mis palabras; Inclina tu oído a mis razones. 21 No se aparten de tus ojos; Guárdalas en medio de tu corazón; 22 Porque son vida a los que las hallan, Y medicina a todo su cuerpo. 23 Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida.”   (Proverbios 4:20-23)

Aquí, podemos resaltar las siguientes exhortaciones que da Salomón a sus hijos:

  • está atento a mis palabras;
  • Inclina tu oído a mis razones
  • No se aparten de tus ojos;
  • Guárdalas en medio de tu corazón
  • Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón.

Y la razón más importante es porque del corazón emana la vida y si no estamos atentos, oyendo, viendo y guardando en nuestro corazón la Palabra de Dios estamos expuestos a la muerte espiritual puesto que pecaremos constantemente.

Por otro lado, podemos decir que bíblicamente hay dos fuentes de tentación, una es interna y la otra es externa. Hoy sólo estudiaremos la parte interna en la que nacen los pecados. La fuente externa de tentación obviamente se refiere a satanás. Pero si entendemos cómo se origina el pecado, estaremos listos para saber cómo defendernos de las tentaciones externas, provocadas por el diablo.

Veamos cuál es esa fuente interna de tentación y pecado:

Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.”   (Génesis 6:5)

21 Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. 22 Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; 23 pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.”   {Cf. Romanos 7:21-23}

Así que, la fuente interna de tentación es nuestro propio corazón, como lo explicó nuestro Señor Jesús:

20 Pero decía, que lo que del hombre sale, eso contamina al hombre21 Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, 22 los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. 23 Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.”   (Marcos 7:20-23)

Y vemos también a Santiago explicar esta misma verdad:

13 Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; 14 sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido15 Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.”   (Santiago 1:13-15)

De acuerdo con estos pasajes, la concupiscencia provoca que nazca en mi corazón el deseo de pecar y si yo permito que ese deseo llegue a mi mente y empiece a imaginarlo o razonarlo, en ese momento el pecado es consumado.

Entendamos lo siguiente: la tentación es inevitable, somos tentados constantemente de muchas maneras, principalmente por lo que vemos u oímos, pero también por la ociosidad y la curiosidad.

Por ejemplo, veo algo que me agrada pero que no es mío o no puedo obtener, mi corazón lo codicia, y empiezo a pensar cómo hacer para obtenerlo.

O veo a alguien que me agrada, en mi corazón nace el deseo por esa persona, y cuando la vuelvo a ver, la veo con ojos de deseo. Como explicó nuestro Señor Jesús:

27 Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. 28 Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. 29 Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.”   (Mateo 5:27-29) {Cf. 2ª de Samuel 11:2}

CONCLUSIÓN

Como creyentes, estando conscientes de que nuestro corazón está inclinado al mal, y que las tentaciones están por doquier, y que no quiero ser como todo el mundo sino “distinguirme” del resto de la humanidad y conservarme en santidad, qué debemos hacer? Cuál es la solución que Dios me ofrece en Su Palabra?

Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.”          (Romanos 8:5-9)

En conclusión, la clave es que no debo permitir que lleguen a mi mente los deseos carnales que se originan en mi corazón. Cómo lograrlo? El consejo de Dios es que no pensemos “en las cosas de la carne”, sino “en las cosas del Espíritu”. Significa que mi mente está llena de Su Palabra, de lo que le agrada a Dios, tratar de escuchar la voz de Su Santo Espíritu que mora en mi interior y permitirle controlar mis deseos y mis pensamientos.   (Deuteronomio 4:9)

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