Back to series
El cristianismo auténtico es una transformación interna que se manifiesta a través de obras externas.
El verdadero cristiano no se dedica a tratar de hacer buenas obras para probar su fe. Más bien, se ocupa en negarse a sí mismo, renunciar a los placeres del mundo y dejar atrás su vida pasada, permitiendo así que el Espíritu Santo obre una transformación interna y tome el control de sus pensamientos, sentimientos, acciones y reacciones.
“22 En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, 23 y renovaos en el espíritu de vuestra mente, 24 y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.” (Efesios 4:22-24)
Debemos entender que Dios no busca “remendar” nuestra antigua manera de vivir ni “cubrir” nuestras debilidades con virtudes aparentes. Su obra va mucho más allá: transforma el corazón desde lo más profundo. Así como una herida no sana de afuera hacia adentro, Dios también obra de dentro hacia afuera. Él sana las áreas más profundas del ser, renovando la mente, corrigiendo los pensamientos y purificando aquello que está dañado en nuestro interior. Incluso las falsas enseñanzas que hemos recibido deben ser arrancadas de nuestra mente y de nuestro corazón, porque no pueden permanecer junto con la verdad de Su Espíritu, que habita en nosotros.
“16 Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; porque tal remiendo tira del vestido, y se hace peor la rotura. 17 Ni echan vino nuevo en odres viejos; de otra manera los odres se rompen, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero echan el vino nuevo en odres nuevos, y lo uno y lo otro se conservan juntamente.” (Mateo 9:16-17)
En este pasaje Jesús enseña que no se puede implantar una nueva enseñanza (paño nuevo) si no se elimina aquello que se había mal entendido. Primero es necesario deshacerse de ese vestido viejo. Así como tampoco se debe usar un “envase” viejo para “verter” en su interior algo tan valioso como la Verdad del Evangelio.
“17 De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” (2ª a Corintios 5:17)
Comprender que Dios no está en el proceso de “repararnos para lucir nuevos por fuera” sino de transformarnos desde nuestro interior, cambiará nuestra perspectiva sobre las penas que debemos soportar. Cuando reconocemos que la vida cristiana se trata del trabajo persistente de “re-creación” de Cristo en nosotros, entonces el quebrantamiento tiene más sentido porque entendemos que es el proceso que Dios usa para quitar los obstáculos en nuestro crecimiento espiritual.
Es por eso que, a veces, Dios permitirá que enfrentemos circunstancias adversas para que no nos distraigan nuestros malos pensamientos. La dificultad inesperada elimina las distracciones, redirige nuestra mente hacia el Señor y, a menudo, ayudan a que tengamos más claridad para discernir la voluntad de Dios. Veamos el siguiente pasaje:
“4 Después partieron del monte de Hor, camino del Mar Rojo, para rodear la tierra de Edom; y se desanimó el pueblo por el camino. 5 Y habló el pueblo contra Dios y contra Moisés: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para que muramos en este desierto? Pues no hay pan ni agua, y nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano. 6 Y Jehová envió entre el pueblo serpientes ardientes, que mordían al pueblo; y murió mucho pueblo de Israel. 7 Entonces el pueblo vino a Moisés y dijo: Hemos pecado por haber hablado contra Jehová, y contra ti; ruega a Jehová que quite de nosotros estas serpientes. Y Moisés oró por el pueblo.” (Números 21:4-7)
l pueblo de Israel estaba más concentrado en lo que Dios les daba de comer y beber y en las largas caminatas que hacían cada día, que se olvidaron de todos los milagros que Dios había hecho por ellos durante tantos años. Y eso nos pasa a menudo a los cristianos, cuando viene alguna calamidad, dejamos de ver las bendiciones que Dios nos ha concedido inmerecidamente cada día de nuestra vida.
Recuerde, Dios no quiere ser Señor de la mayor parte de nuestra vida; Él quiere ser Señor de toda nuestra vida. Por esa razón, quita todo aquello en lo que “confiamos” para que vivamos, momento a momento, día a día, en total dependencia de Él.
“16 Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. 17 Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; 18 no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.” (2ª a Corintios 4:16-18)
CONCLUSIÓN
Aunque no podemos saber lo que Dios está tratando de decirnos a través de las aflicciones, debemos enfrentarlas en total sumisión, humildad, aceptando con gozo Su divina voluntad y, con la certeza no solo de que es para nuestro bien, sino con la finalidad de transformarnos y hacernos más parecidos a Su Hijo Jesús.
Pensemos en la conversión de Saulo a Pablo. El Señor Jesús apareció en un resplandor que solo Saulo pudo ver y que lo dejó ciego durante tres días. Saulo fue humillado, teniendo que ser llevado de la mano a la ciudad, totalmente a merced de otros.
¿Qué pensó Saulo durante ese tiempo? Sin duda, pensaba en Cristo y en lo que Dios quería hacer en su vida. Así que, si usted enfrenta dificultades, en vez de concentrarse en ellas busque entender el mensaje de Dios y fije su atención en aquella parte de su ser que Dios está transformando para su bien. Ore pidiendo discernimiento.
“49 Acuérdate de la palabra dada a tu siervo, En la cual me has hecho esperar. 50 Ella es mi consuelo en mi aflicción, Porque tu dicho me ha vivificado. … 55 Me acordé en la noche de tu nombre, oh Jehová, Y guardé tu ley. 56 Estas bendiciones tuve Porque guardé tus mandamientos.” (Salmos 119:49-50; 55-56)
¿Abrirá usted hoy su corazón, pidiéndole a Dios que le revele cualquier cosa que necesita entregarle para ser transformado?