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Hay “fruto” que NO permanece, es decir, nace, pero casi inmediatamente se echa a perder, se pudre, muere y será quemado. Y hay fruto que permanece eternamente:
“11 Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. 12 Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, 13 la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. 14 Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. 15 Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, (i.e. de recompensa, no de salvación) si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego.” (1ª a Corintios 3:11-15) {Cf. 1ª a Corintios 4:5; 2ª a Corintios 5:10; Apocalipsis 1:14; 2:18; 19:12}
Como hemos estudiado en los últimos 4 domingos, la clave de todo, aunque parezca incongruente con las Escrituras, es no tratar de hacer algo para Dios porque no sabemos qué es lo que a Él le agrada. Aunque pudiéramos, a través del estudio de la Biblia, discernir algunas cosas que se mencionan como “agradables a Dios”, intentar hacerlas con nuestros propios medios y en el tiempo que nosotros creemos que es más conveniente, pudiera ser en realidad algo desagradable ante Sus ojos.
En el sermón de nuestro décimo aniversario, entendimos que Jesús Es nuestro ejemplo a seguir en todas las áreas de nuestra vida, y que Él, Jesús, nunca nos pedirá que hagamos algo que Él no haya hecho mientras estuvo en este mundo.
Y si entendimos que solamente el Espíritu Santo puede hacer a través de nosotros lo que es agradable a Dios (Hebreos 13:21) vemos que eso mismo hizo Jesús. Jesús, en Su esencia humana, no quiso ni intentó hacer algo por Sí Mismo, sino que permitió que Su Padre obrara por medio de Él:
“10 ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras. 11 Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras. 12 De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre.” (Juan 14:10-12)
Y hoy, casi 2000 años después de la Ascensión de Cristo a la Diestra del Padre, vemos cómo las obras y los frutos que Dios hizo a través de Su Hijo Jesús, aún permanecen y permanecerán por la eternidad. Pero: ¿Cómo podemos lograrlo nosotros? Jesús aseveró que los que creamos en Él haremos mayores obras y frutos que permanezcan para siempre, y por eso nos dejó la enseñanza, la fórmula para lograrlo:
“1 Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. 2 Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. 3 Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado. 4 Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. 5 Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.” (Juan 15:1-5)
Nuestro llamado es hacer lo que hacen las ramas: permanecer. Estar firmemente asidos a la Vid y permitir que Su Poder, Su Fuerza, Su Vida, es decir, Su Espíritu Santo fluya a través de nuestro ser. {Cf. Efesios 5:18} Y aunque eso suena sencillo, puede ser el acto de fe más valiente que exista.
Eso es a lo que se refirió Pablo: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios”. (Gálatas 2:20)
Cuando vemos una rama pareciera que no está haciendo nada. Pero el cristiano que permanece en Dios realmente no está pasivo, sino activo, permitiendo que Dios haga las obras que produzcan fruto permanente. Cristo fue el ejemplo perfecto de una vida llena del Espíritu, y sin duda no se quedó sentado ni estático, sino que se entregó de lleno a permitir que Dios cumpliera el propósito para el cuál lo había enviado, impulsado por una fuente de energía divina. Toda Su sabiduría, conocimiento y valentía provenían del Espíritu Santo que moraba en Su interior.
CONCLUSIÓN
Debemos negamos a controlar alguna área de nuestra vida y confiar y depender por completo del Espíritu Santo. El verdadero cristiano no vive una vida pasiva y sin fruto, sino una vida activa y productiva en comunión constante con Cristo.
Porque el fruto del Espíritu no se produce por nuestro esfuerzo; se manifiesta cuando nos rendimos totalmente bajo Su control. Y para ello, necesitamos permanecer en Cristo, meditando en Su Palabra, orando y, sobre todo, sirviendo. De no hacerlo, ya sabemos lo que nos sucederá: “1 Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. 2 Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará;”
Permanecer en Dios no consiste en tratar de impresionarlo, sino en entregarle todo nuestro ser: corazón, alma, mente y fuerzas. Él hará las obras que producirán fruto que permanezca para siempre, tal como lo hizo mediante Su Hijo Jesús.
“16 No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; … 17 Esto os mando: Que os améis unos a otros.” (Juan 15:16-17)