“Aconteció que estando Jesús junto al lago de Genesaret, el gentío se agolpaba sobre él para oír la palabra de Dios. 2 Y vio dos barcas que estaban cerca de la orilla del lago; y los pescadores, habiendo descendido de ellas, lavaban sus redes. 3 Y entrando en una de aquellas barcas, la cual era de Simón, le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose, enseñaba desde la barca a la multitud. 4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. 5 Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red. 6 Y habiéndolo hecho, encerraron gran cantidad de peces, y su red se rompía. 7 Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que viniesen a ayudarles; y vinieron, y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían. 8 Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador. 9 Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había apoderado de él, y de todos los que estaban con él, 10 y asimismo de Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serás pescador de hombres. 11 Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le siguieron.” (Lucas 5:1-11)
Así como Simón Pedro, todos nos consideramos expertos y conocedores en lo que hacemos y, cuando ya hemos probado todo lo que sabemos, es más difícil hacerle caso a alguien que nos pide intentarlo nuevamente. Tristemente así actuamos en casi todas las áreas de nuestra vida. No consideramos consultar a nuestro Padre Celestial hasta después de que hemos fracasado del todo. Dejamos a Dios como la última alternativa, cuando Él debe ser la primera. Y, cuando responde a nuestro clamor aún dudamos porque nos pide hacer que ya intentamos o no nos parece razonable.
Por ejemplo, el principio bíblico acerca del diezmo a muchos les suena incorrecto, pero, cuando le damos a Dios el 10% de nuestras ganancias, Él hace que el 90% que nos deja administrar rinda mucho más que si nos quedamos con el 100%.
En otras situaciones, dudamos en confiar en Dios porque nos consideramos como los expertos en esa área o porque nuestros conocimientos contradicen Su plan o Sus instrucciones. La experiencia de Pedro como pescador le indicaba que pescar a esa hora del día sería inútil. Algunas veces, Dios reta a los creyentes a actuar de cierta forma aunque no entiendan cómo es que haciendo lo que les pide lograrán el éxito.
Escuchar las opiniones de los demás en otra barrera que nos hace tropezar para tener una fe inquebrantable. Sin embargo, cuando nuestro Señor nos deja ver claramente lo que Él quiere que hagamos, debemos actuar según Sus lo que Él nos indique. En esos momentos, no busquemos llamar a algún amigo o hermano en la fe para preguntar qué piensan al respecto. Ninguna opinión importa, excepto la de Jehová, Quien nunca se equivoca cuando nos muestra Su plan, puesto que Él ya sabe también que saldremos victoriosos, si le obedecemos incondicionalmente.
La próxima vez que le cueste confiar en Dios, piense qué es lo que le está haciendo titubear. Ya que ha identificado la razón, entonces puede orar de forma específica para que Dios le ayude a remover lo que obstaculiza su fe y así avanzar hacia su objetivo, sabiendo que Dios siempre bendecirá sus pasos cuando andamos en Sus caminos.