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Empezamos este sermón en donde terminamos el anterior:
“34 Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. 35 En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” (Juan 13:34-35)
“12 Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. … 17 Esto os mando: Que os améis unos a otros.” (Juan 15:12, 17)
Cómo podemos amar como Jesús, si no conocemos y comprendemos cuál es o cómo es ese amor con el que Jesús nos amó y nos sigue amando. Para ello será más sencillo si discernimos primero lo que NO es el amor.
Probablemente el concepto mundano más conocido viene de la cultura griega en la que se adoraba a un supuesto “dios del amor” llamado Eros (Erótico) cuyo culto de adoración consistía en orgías entre hombres. En esa misma era se ubica la supuesta “diosa del amor” llamada Afrodita (Afrodisíaco), en este caso, el culto de adoración consistía en orgías entre mujeres. Su equivalente romano fue “cupido” (deseo). No solo la idolatría sino también TODAS estas costumbres, son pecados abominables e impensables para un cristiano. (1ª a Corintios 6:19-20; Efesios 518)
Obviamente la palabra “eros” NO está en la biblia porque simplemente NO es sinónimo de amor, sino de pecado. Bíblicamente solo hay tres clases de amor: El afecto natural (“himeiromai”) El filial (“phileō”), y el espiritual (“agapaō”), puro, de origen divino.
Para entenderlo mejor, vemos la descripción que Dios hace de esa parte de Su Esencia:
“7 Amados (“agapētos”), amémonos (“agapaō”) unos a otros; porque el amor (“agapaō”) es de Dios. Todo aquel que ama (“agapaō”), es nacido de Dios, y conoce a Dios. 8 El que no ama (“agapaō”), no ha conocido a Dios; porque Dios es amor (“agapē”).” (1ª de Juan 4:7-8) Es decir, Dios ES la Fuente del amor.
Y Jesús no nos deja duda de cuál clase de amor quiere que tengamos hacia Él:
“15 Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas (“agapaō”) más que estos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo (“phileō”). Él le dijo: Apacienta mis corderos. 16 Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? (“agapaō”) Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo (“phileō”). Le dijo: Pastorea mis ovejas. 17 Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? (“phileō”) Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? (“phileō”) y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo (“phileō”). Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas.” (Juan 21:15-17)
De este pasaje podemos discernir muchas verdades y enseñanzas pero quiero que pongamos nuestra atención en lo siguiente:
El amor NO es un sentimiento. El amor es un Verbo en acción! (1 de Juan 3:16-18)
Cada vez que Pedro respondió, Jesús le dijo, en Sus Palabras, demuestra que me amas siguiendo mi ejemplo, continuando mi ministerio.
Esto significa que la única forma de demostrar que amamos a Jesús es siguiendo Sus pasos y obedeciendo Su Palabra. Amor en acción. (Juan 14:15)
Y otra de las enseñanzas de este pasaje es que nuestro Señor Jesús espera que todo creyente le ame, pero NO con un amor filial sino con amor espiritual.
“30 Y amarás (“agapaō”) al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. 31 Y el segundo es semejante: Amarás (“agapaō”) a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que estos.” (Marcos 12:30-31)
“20 Si alguno dice: Yo amo (“agapaō”) a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama (“agapaō”) a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar (“agapaō”) a Dios a quien no ha visto? 21 Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama (“agapaō”) a Dios, ame (“agapaō”) también a su hermano.” (1ª de Juan 4:20-21)
Con base en los versículos de Marcos y de Juan entendemos que tanto amar a Dios como a nuestro prójimo son MANDAMIENTOS que Dios espera que cumplamos todos los días de nuestra vida y con cada persona que Él ponga en nuestro camino.
CONCLUSIÓN
El verdadero amor, tendrá un impacto tan profundo en nuestras relaciones que hará que el afecto natural que sentimos por otras personas se convierta en amor divino. (2ª a Tesalonicenses 2:8) Y lo mismo sucederá con nuestro amor al prójimo. Dios nos dará la capacidad de amarlos como Él los ama.
Ahora volvamos a la pregunta inicial: ¿Qué se necesita para amar como Jesús amó?
La respuesta es una sola: El Espíritu Santo. (Gálatas 5:22) De modo que para los seres humanos inconversos es IMPOSIBLE amar a Dios y a su prójimo. Y podríamos decir que ellos tienen esa excusa al no tener el Espíritu Santo morando en su interior.
Pero si ya tenemos el Espíritu Santo en nuestro corazón, entonces la pregunta sería: ¿Qué pretexto tenemos para NO amar a los demás, como Jesús nos amó y nos ama?
Estamos llamados, a amar y no podemos cumplir este mandamiento, sino permitimos que Su Santo Espíritu nos motive, nos impulse y produzca ese fruto en nuestro interior, puesto que NO es un amor carnal, mental, filosófico, sino el único y verdadero amor:
“3 Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad (i.e. temor de Dios, devoción, santidad) nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel (i.e Jesucristo) que nos llamó por su gloria y excelencia, 4 por medio de las cuales (cosas) nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas (cosas) llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia; 5 vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; 6 al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; 7 a la piedad, afecto fraternal (“philadelphia”); y al afecto fraternal (“philadelphia”), amor (“agapē”). 8 Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.” (2ª de Pedro 1:3-8)
Si en este momento Jesús le preguntara si le ama, como le preguntó a Pedro, sabiendo que Él ve su corazón. ¿Podría decir que le ama con amor divino, tal como Él le ama?
De ser así, la única forma de demostrarlo es siguiendo Sus pasos y obedeciendo Sus mandamientos, incluyendo, amara a nuestro prójimo, no de palabra, sino con hechos.